¿Qué es este Blog?

Este Blog es una breve historia de espionaje e intrigas desarrollada desde el periodo de entreguerras hasta la caída del fascismo en 1945. Esta novela corta pasa por escenarios tan populares como Madrid, Berlín o Stalingrado.

Espero que disfrute y le guste.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Aquellos felices años 20

I. Aquellos Felices años 20.



Vivíamos en una modesto pisito en la Ronda de Atocha, en Madrid. Mi abuelo llamado Aurelio Pueblas Mejías y yo, Ramón Pueblas Maldonado y antes de que el mal se cerniera sobre nosotros, solíamos hacer largos paseos por el Retiro mientras debatíamos sobre la actual situación política y como Primo de Rivera llevaba con mano firme el Reino de España de vez en cuando, enchufábamos la radio nacional para oír las últimas noticias sobre la desastrosa guerra de Marruecos o incluso de lo que estaba pasando en Alemania después de de siete años sobrellevando la derrota de la Primera Guerra Mundial. Todos los días mi abuelo compraba la Vanguardia, un periódico de interés nacional y de ideología derechista por el cual lo leía, sentado, mientras en su gramófono donde en el gran altavoz de color dorado, sonaba Caprichos Árabes. A veces, la embriagadora armonía de la guitarra española impregnaba la casa con un aroma que yo conocía muy bien, el aroma de la bella música recorriendo las cortinas, los jarrones y traspasando por debajo de las puertas. Aquella melodía me hipnotizaba, me dejaba confuso y a veces parecía moverme con ella, bailar cual flor se mece por el suave viento y sentir el cálido abrazo de la música. Mi abuelo, siempre decía que la buena música es la que con sus suaves manos te tocaba el corazón, lo acariciaba sin apenas darte cuenta hasta que al fin, en sus últimos compases, te lo devolvía con delicadeza y es ahí cuando recuperas los sentidos y la mollera y te das cuenta de lo que es capaz de hacer una buena pluma de un compositor.
Esa misma mañana del 8 de Septiembre de 1925, un suceso que posteriormente se escribiría a pie de los libros de historia nos impresionó con gran sorpresa y admiración ya que se había producido un desembarco cerca de Alhucemas con gran éxito dirigido por José Sanjurjo y los suyos y entre otros un joven coronel llamado Francisco Franco que luego sabríamos bien quien sería y qué huellas dejaría en la historia de España.
-Pues parece que la guerra no va tan mal como nos lo esperábamos. Dictaminó el abuelo serio, sentado en su butaca de la biblioteca.
-Veremos a ver como les va el resto del día, de momento sólo ha desembarcado la primera oleada no cantemos victoria. A mi parecer esta maldita guerra sólo está ocasionando viudas y hijos huérfanos y nada más allá de la realidad, sólo estamos ganando por momentos ante un pueblo que armamentísticamente hablando no tiene el armamento que tenemos nosotros. Refuté con tono de decepción.
-Esto se merece otro diálogo en el Retiro ¿no te parece?- preguntó el abuelo mesándose la larga barba y levantando una ceja con actitud casi cómica.
-Y de eso hablaremos abuelo, me parecen muy interesantes tus temas de conversación. Por cierto, cambiando de tema ¿Has terminado ya de ordenar tus infinitas fórmulas que a mi parecer sólo comprendes tú?- espeté con una carcajada y con la boca sonriente.
-Sí esta mañana antes de ir a por el periódico pero dime ¿Por qué sólo iba a comprender yo? soy químico-farmacéutico, se supone que lo que tengo escrito en esos miles y miles de papeles lo debería de entender otro químico igual de calificado que yo, es como si esas fórmulas fueran nuestro idioma por el cual trabajamos y cada día vamos descubriendo nuevas palabras que son las fórmulas que nosotros luego anunciamos a la sociedad de manera simplificada y fácil para que lo entiendan.
Me fascinaba cada vez que el abuelo con su larga barba y sus penetrantes ojos azules observara los tubos de ensayo en su pequeña biblioteca y apuntara en un trozo de papel muchas veces pscurecido por tanto borrar las interacciones que tenía cada compuesto y poniéndose en contacto con sus amigos de universidades tan prestigiosas como Harvard o la universidad de Chile claro que las cartas podían tardar meses en llegar a sus destinatarios y otros tanto en llegar de vuelta a Madrid pero mi abuelo era paciente y estaba detrás de algo importante que el nunca me quiso comentar porque cuando se lo preguntaba cambiaba de tema o simplemente seguía haciendo sus cosas emitiendo caso omiso a mis preguntas.
De la Universidad de Harvard le llegó una carta que mi abuelo recogió del buzón de la entrada y la dejó en su escritorio. Mientras que yo la miraba de soslayo, mi abuelo seguía hablando de los últimos avances en medicina y química. La carta, no era ordinaria para empezar no tenía sobre alguno, el papel estaba apaisado y por último y los más extraño la letra capitular estaba resaltado en negro pero no me daba tiempo a ver lo que rezaba en ella ya que había que ser disimulado debido a que mi abuelo me hablaba y yo tenía que ser muy disimulado. La última que me pilló rebuscando en sus cosas me echó una bronca considerable dándome un discurso bastante extendido sobre la educación y la intromisión y de como me iba a encontrar con muchas personas en mi vida en la que manejarían el fisgoneo como una sirvienta maneja una escoba tan bien recuerdo que culminó poniendo un ejemplo práctico de qué es lo que pasaría si tuviera documentos muy importantes de los que nadie pudiera conocer su existencia por la cual alguien se arrimara a curiosear y eso que sólo buscaba un simple lápiz para apuntar un número de teléfono de correos que él me ordenó.
Estaba extrañado por el papel pero por su morfología podría ser un telegrama pero ¿debería cotillear en sus cosas personales cuando a mí no me gustaría que lo hicieran? la respuesta era evidente pero la curiosidad me quemaba y ardía en deseo de ver lo qué era pero necesitaba una maniobra de distracción algo con lo que entretener a mi abuelo para hacer mi furtiva lectura sin que él se diera cuenta demasiado ¿qué podía decirle? en ese mismo instante en el que formulé la pregunta él se acercó al escritorio y cogió el telegrama de manera que lo empezó a leer de pie pero algo pasaba y no sabía el qué. A medida que lo iba leyendo la cara le palidecía, la mano derecha por donde sostenía el papel le temblaba y la cara se le desencajó. Con los ojos fijos en el papel de color maché y soltando un -no puede ser- se sentó en el sofá y me miró fijamente con sus ojos azules perturbadores, esta vez con preocupación y angustia.
-Pasa algo abuelo?-Sus ojos azules no paraban de mirarme
-Nada de lo que debas preocuparte ha sido...ha sido un accidente de un amigo mío de los Estados Unidos está grave. ¿Por qué no vas a comprar pan? creo que no hay....
-Sí hay abuelo, dos barras y medias que dejamos ayer.
-Bueno pues compra leche, toma aquí tienes el dinero.
Con una habilidad asombrosa el abeulo me daba empujoncitos por toda la casa hasta la puerta que daba al rellano.
-Toma aquí tienes, 6 céntimos. Cómprate un helado también y date una vuelta, vamos vete, corre.
El abuelo cerró con un fuerte portazo y yo muy extrañado por la situación cogí y me fui escaleras abajo pensando en todo lo que había pasado. Seguro que se lo había inventado, esa reacción no es normal en él. Sus ojos, su mano temblando la boca desencajada... Todo esto me huele muy mal.
Dos personas vestido con un elegante traje y muy bien peinados subieron de manera que me empujaron para atrás en la estrecha escalera de manera que me arrimé en la pared.
-Mira por donde vas muchacho y deja siempre paso a los mayores.- dijo uno de los hombres muy mal encarado de aspecto robusto. Era el que iba más avanzado y ahí iban con su mala educación creyéndose los reyes del mundo y emperadores del universo.
Seguía pensando en todo lo que había pasado, en su testarudez porque yo saliera y sobretodo en su tartamudez constante, jamás vi a mi abuelo así estaba muy preocupado por lo que le pudiera pasar a ese señor de 60 años.
Salí a la calle, el sol me molestaba los ojos debido a que el portal estaba en oscuridad a si que los cerré por un momento mientras andaba por la Calle de Atocha a por mi panadería de confianza, allí se encontraba Sira una mujer venida del protectorado de Marruecos y que se estableció en la otra puerta frente a nuestro piso. No había nadie y allí estaba ella sacando dos panes de un horno donde el calor se notaba al entrar a la puerta.
-¿No te mueres del calor Sira? Pregunté a modo de saludo, contento y risueño dejando de lado la intriga de mi abuelo.
-La costumbre Ramón- respondió girándose precipitadamente sosteniendo en alto la pala del horno con los dos panes recién hechos humeantes.
Ella era de constitución robusta y de tez oscura, portaba siempre un amuleto que le dejó su madre al morir en medio de una batalla de su poblado entre españoles y rifeños. Con una adorable sonrisa en la boca procuraba atender bien a los clientes y nunca dejarlos con mal sabor de boca. A mi abuelo y a mí me tenía en especial consideración debido a que ella cuando se intaló en la capital hará unos tres años no tenía ni idea de español y fuimos nosotros la que gradualmente la visitábamos a su casa. Así es como se hizo amiga nuestra aunque ella, orgullosa de proceder de donde procede dice siempre que no perdería el acento marroquí, se le estaba empezando a desarrollarse un cierto dialecto muy gracioso y atípico con la musicalidad que tienen los árabes combinado con el seseo de los madrileños.
-Ponme leche y dame alguna golosina si tienes.
-¿Palodulce? o caramelos.
-Prefiero el palodulce.
Quería hablarle a Sira si últimamente vio algo raro en mi abuelo pero no sé si podría confiar en ella. En cuestión ella tiene dieciocho y yo dos menos que ella podría contárselo a mi abuel sobre mi pregunta y la figura en su mente sería de desconfianza y de que no me creyera todo lo que le contara.
De repente, cuatro coches de policía con sus respectivas sirenas, iban a toda velocidad subiendo la calle hasta llegar a la Ronda y luego girar para pararse ahí.
Preocupado, cogí y salí de la tienda sin hacer caso omiso a lo que decía Sira y dejándola con la palabra en la boca, corría y corría sin importarme a cuanta gente empujaba o me llevaba por delante estaba muy preocupados y esos hombres me dieron muy mala espina.
Al doblar la esquina me encontré con lo peor, un cordón policial rodeaba el piso donde estábamos y un nutrido grupo de policías entraban y salían del portal haciendo caso omiso a la muchedumbre que no dejaba de preguntar a los agentes que vigilaban el cordón de seguridad lo que pasaba.
-Agente, pertenezco a este piso; tercero A ¿puede decirme lo que está pasando?
-¿Eres del tercero A? ¡Oficial, aquí está el muchacho que pertenece al piso siniestrado!


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